En pocas palabras: cambia, pero despacio. Un metaanálisis reunió 127 estudios que siguieron el apego desde la primera infancia hasta el inicio de la edad adulta y volvieron a medirlo en las mismas personas entre dos semanas y 29 años después. Entre una medición y la siguiente, la correlación fue de alrededor de 0,39 (Pinquart et al., 2013). Es una estabilidad moderada: se nota, pero dista mucho de ser total, y en muchas personas el panorama cambia con los años.
En la edad adulta el apego tampoco se queda quieto. Un estudio siguió a las mismas personas desde la adolescencia hasta la vejez: en promedio, la ansiedad en el apego bajó con la edad, sobre todo a partir de la mediana edad, mientras que la evitación disminuyó poco a poco a lo largo de toda la vida (Chopik et al., 2019). Quienes tenían pareja solían mostrar menos ansiedad y menos evitación.
Así que, más que preguntarse si se puede cambiar el tipo de apego, conviene preguntarse qué lo mueve. Un estilo se mantiene mientras la experiencia lo confirma y se desplaza cuando la experiencia empieza a contar otra historia (Fraley y Roisman, 2019). El cambio puede ir en los dos sentidos: las pérdidas graves pueden aumentar la cautela, y las buenas relaciones pueden devolver la sensación de seguridad.
