¿Cómo saber si tu apego es seguro? Fíjate en los momentos difíciles, porque cuando todo va bien sus características pasan desapercibidas. Si no te reconoces en todas, es normal: la seguridad no consiste en no preocuparse nunca, sino en una manera de llevar la preocupación.
¿Un mal día? Lo cuentas. Un problema en el trabajo o una mala noticia no se quedan guardados: se lo cuentas a una persona cercana y aceptas su apoyo. Después sientes alivio, y apoyarte en alguien no te parece una debilidad.
Esperar una respuesta no te angustia. Si una persona cercana lleva toda la mañana sin contestar, lo primero que piensas es que estará ocupada, no que su cariño se enfría. Tu atención vuelve a tu propio día y no se queda pegada al teléfono.
Dices lo que quieres. Quieres más tiempo con la persona que te importa, o una tarde a solas, y sencillamente lo dices. Pedir no te parece suplicar, y un “no” no significa que dejen de quererte.
Discutir no borra el cariño. En una discusión puedes sentir rabia y, aun así, recordar que la relación importa más que tener razón. El disgusto pasa y el cariño vuelve sin esos largos silencios que sirven de castigo.
La libertad de tu pareja, sin miedo. Tu pareja se va de viaje con sus amistades o se mete de lleno en un proyecto, y te alegras en lugar de verlo como un peligro. Que cada persona tenga su mundo ayuda a que la relación siga viva.
Cercanía sin esfuerzo. Los abrazos, las conversaciones a corazón abierto y los planes de futuro salen de forma natural. No necesitas distancia para seguir siendo tú, ni fundirte con otra persona para sentir el vínculo.
Reconocer errores sin drama. Si hieres a una persona cercana, pedir perdón no te cuesta: la culpa no se convierte en vergüenza de ser como eres. Las disculpas ajenas también las aceptas con calma, sin sacar a relucir viejos rencores.




